El inicio de la causa RI9
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Respecto de quienes son los acusados y de qué se los
acusa puede inferirse de la carátula: “Nicolaides Cristino, Demarchi
Juan Carlos, Barreiro Rafael Julio Manuel, Losito Horacio, Píriz
Roberto, Reynoso Raúl Alfredo p/sup. Asociación ilícita agravada en
concurso real con los delitos de privación ilegal de la libertad
agravada, abuso funcional, aplicación de severidades, vejaciones,
apremios ilegales y aplicación de tormentos”. |
El texto que antecede lo escribíamos días antes y viene bien a la hora de saber qué esperar de la megacausa RI9, algunos nostálgicos sin embargo parecen pensar que es parte de una "guerra" inconclusa, como el esposo de María Cecilia Pando quien nos envía la siguiente nota (provocación?):
Me presento. Mi nombre es Pedro Rafael Mercado, DNI:
18046597, soy Mayor Retirado del Ejército Argentino, Licenciado en Estrategia y
Organización y estuve destinado tres años en la Compañía de Inteligencia 3, sito
en Paso de los Libres, desempeñándome como segundo jefe de ese elemento. Hecha
esta introducción les informo que he enviado a todas las unidades del ejército y
al ministerio de defensa, una Carta Abierta a un Joven Oficial del Ejército
Argentino, donde hago referencia a la conocida Causa Regimiento 9, cuya etapa
oral y pública se inicia el próximo 5 de febrero. Por considerarlo de interés
para sus lectores, les envío el texto para lo que guste corresponder.
Atte: Lic Pedro Rafael Mercado
Carta abierta a un joven oficial del Ejército Argentino
Escribo estas líneas a mis compañeros y a mis subalternos. Por eso voy a
tratarlos con la confianza con que se trata a los amigos. Al fin y al cabo,
hemos forjado toda una vida con valores compartidos, unidos en esa maravillosa
vocación que es la carrera militar.
Si, yo sé muy bien cual es tu pensamiento y sé que en tu corazón están grabados
los mismos ideales que tuvo el ejército a lo largo de su historia. Se muy bien
que te duele la patria. Que sufres en silencio por tus camaradas presos. Que
quisieras hacer algo por ellos, pero no aciertas a encontrar el camino más
adecuado para lograrlo.
No comparto la visión de aquellos que te acusan de cobarde. Algunos preferirían
que tomaras otras actitudes. Sin embargo yo te comprendo. Porque he pasado por
las mismas incertidumbres, sin acertar en encontrar las respuestas pertinentes.
Te prepararon para otra guerra… y no entiendes como reaccionar en la
prolongación jurídico - política de este viejo conflicto interno.
Muchos de los que te recriminan, tampoco te prepararon para el escenario actual.
Incluso algunos, cuando hace algunos años te pintaste la cara para defender a
tus camaradas, en su momento te acusaron de sedición. Sin embargo, no es hora de
pasar facturas. Es hora de encontrar soluciones en forma integrada. Como el 23
de enero de 1989. ¿Lo recuerdas, verdad? Todo el Ejército Argentino se encolumnó
a combatir al enemigo terrorista. Leales y carapintadas… oficiales, suboficiales
y tropa… retirados y en actividad se unieron a la lucha. La hora de las intrigas
y de las divisiones había pasado. Era la hora de la metralla… y para eso sí
estabas preparado.
Te escribo para ayudarte a encontrar soluciones. Para pedirte que no te dejes
seducir por el canto de sirenas que tratan de fracturar la continuidad histórica
de nuestra institución. El ejército ha sido, es y será uno sólo. El de las
guerras de la independencia, contra el Brasil, el de la Triple Alianza, el de
las campañas contra los indios, de la guerra contra el terrorismo marxista, el
de Malvinas, el de las Misiones Internacionales de Paz. Ya sé que lo sabes…
perdona que te lo recuerde… no quiero subestimarte. Pero me preocupa que esta
estrategia del enemigo encuentre un campo fértil en tu mente.
Tal vez te preguntes porqué te escribo en este momento. Paso a explicarme. El 5
de febrero, cuando todavía el sol caliente del verano tiña de alegría el período
de licencias, un hecho terrible se iniciará en la ciudad de Corrientes. No
puedes desconocerlo. Tampoco puedes permanecer indiferente. Ese día, varios
camaradas comenzarán a ser juzgados en juicio oral y público por su actuación en
la guerra de los 70. Entre ellos, dos soldados a quienes seguramente conoces.
Porque crecieron profesionalmente a tu lado. Porque tal vez tuviste la suerte de
servir a su mando o quizás porque aprendiste de sus manos los secretos de la
vida militar en algún instituto de formación.
Me refiero a los Coroneles Losito y Barreiro, que en el momento de los hechos
por los que están siendo juzgados, eran un teniente y un subteniente del
Ejército Argentino. Sí, escuchaste bien… como ese subteniente que camina por el
cuartel soñando con ser un gran capitán. Lleno de ilusiones y de esperanzas.
Dispuesto a todo por el bien de su patria. Tenían no más de 24 años. Totalmente
alejados de las intrigas palaciegas del poder. Eran soldados… no eran políticos.
Habían sido formados para cumplir órdenes en el combate. Y aquello no sería una
excepción. Dejemos de lado las acusaciones concretas. Nada de lo que hicieron lo
hicieron por fuera de la institución. Está de más que te lo recuerde. Los
conoces bien. Has compartido momentos junto a sus familias. Sabes de sus
historias. De su probado valor en combate. De sus condiciones éticas para
ejercer el mando. Podrán decirte cualquier cosa… pero tú bien sabes que no son
asesinos.
Por eso te escribo en estas horas. Cuando hace algunos años aparecía asesinado
un fotógrafo en proximidades a Pinamar, todos los medios insistían y siguen
insistiendo con aquello de “No te olvides de Cabezas”. Hoy quiero pedirte como
soldado que no te olvides de Barreiro, de Losito, de De Marchi, de Piris, de
Reynoso. Tenlos presente en tu pensamiento, en tus oraciones, en tus
conversaciones, en tus planteos a la superioridad.
En líneas generales, los mandos del ejército han elegido la estrategia del
silencio. Quizás con la finalidad de evitar males mayores y preservar al
conjunto, han decidido abandonar a su suerte a los blancos elegidos del enemigo.
Tal vez sea una decisión políticamente correcta. Pero yo prefiero seguir
pensando como soldado.
Permíteme que te recuerde una anécdota de guerra. Seguramente la conoces, porque
pasó en la guerra de Malvinas. Un joven teniente, obligado a replegarse a
posiciones en la retaguardia, debe dejar en el campo de combate a uno de sus
hombres, mal herido e imposibilitado de continuar el movimiento por propios
medios.
¿Qué momento para el joven oficial? Les había prometido a sus hombres que nunca
los abandonaría… sin embargo la situación lo superaba. Mirando a los ojos al
herido, mientras le dejaba agua, alimentos y municiones, en presencia de otros
asustados combatientes, le dijo: “Quédese tranquilo… aguante en el puesto. Yo
repliego al resto de la sección y muy pronto vuelvo por usted. No tenga miedo…
le doy mi palabra que no lo voy a dejar solo”. Temblando de frío y de miedo,
aquel hombre se aferró a su fusil, con la confianza puesta en la promesa del
teniente. “Vaya tranquilo… jefe… yo aguantaré hasta su regreso”.
Y la historia continúa. Gracias al cielo, la masa de la sección completó el
repliegue y a la mañana siguiente estaban todos a salvo. El peligro había
pasado, el infierno de la muerte había quedado lejos y todos agradecían el estar
vivos. Una terrible lucha interna se adueñaba del jefe de sección. Recordaba su
promesa, pero aquella era opacada por el recuerdo de las explosiones, los
disparos, la sangre y los muertos. También pensaba en su futuro y en su familia.
En su razonamiento también influía otro elemento. Su soldado abandonado había
quedado mal herido. Lo más lógico era pensar que hubiera muerto ¿Tenía sentido
arriesgar su vida por una simple promesa? Lo mejor sería preservarse para
futuras operaciones.
Dos hombres de su sección lo sacaron de sus reflexiones. “Jefe ¿cuando salimos a
buscar a nuestro compañero? ¿No habrá olvidado su promesa?” Las palabras de sus
hombres le sonaron como una cachetada en pleno rostro. Intentó primero una
explicación convincente: que ya nada podía hacerse, que seguramente ya estaba
muerto, que era conveniente preservar el poder de combate para futuros
enfrentamientos.
“Pero él nos está esperando”, fue la lacónica respuesta de sus soldados. “Usted
le dio su palabra”… “¿Cómo podremos volver a confiar en usted si ahora lo
dejamos abandonado?”.
La confianza de sus hombres… no lo había pensado de esa manera. En última
instancia, el valor de una fracción dependía de su cohesión y esta descansaba en
la confianza que inspiraba en su gente. Si ella desaparecía… todo se venía
abajo.
Fueron estas sencillas palabras de sus soldados las que hicieron de ese joven
oficial un héroe. Porque sobreponiéndose al miedo, salió con algunos de sus
hombres a cumplir su promesa. Por supuesto que no fue fácil. Hubo que sortear
peligros y dificultades. Por momentos no encontraban el camino. Pero finalmente
llegaron y las palabras del herido le hicieron comprender a ese teniente lo
correcto de su decisión. “Gracias… jefe… yo sabía que usted no me dejaría
abandonado”… y los ojos del teniente se llenaron de lágrimas y el pequeño gran
jefe nunca estará suficientemente agradecido a esos dos subalternos, que casi lo
obligaron a asumir sus responsabilidades.
Perdona que me haya extendido en este relato de guerra. Pero sirve acabadamente
para pintar tu responsabilidad en el momento que nos toca vivir. Hoy los
abandonados en el campo de combate son los presos. Han sido abandonados a su
suerte por una conducción que no acierta a comprender la magnitud de los efectos
negativos de la decisión que han tomado. Necesitan como el teniente de nuestra
historia, que los subalternos le recuerden a los mandos, la necesidad de cumplir
con la palabra, de ser fieles a la historia… necesitan recuperar la confianza
perdida… y tu tienes una grave responsabilidad en esta función.
Habrá quienes te digan que la política institucional de la fuerza por el tema
derechos humanos es algo que le compete exclusivamente al Jefe de Estado Mayor.
Lo escuché personalmente de boca de un general que con mucha energía pretendía
cortar todo diálogo en relación a este tema. Son las excusas del joven teniente.
Necesitan calmar su conciencia. Hubo un pensador que dijo que la guerra era algo
demasiado importante para dejarla en manos de los generales… Lo mismo puede
decirse de la respuesta institucional en el tema derechos humanos. Es demasiado
importante para dejarla exclusivamente en manos de la superioridad.
Con respeto, con altura, no dudes en presentar tus inquietudes. No temas en
hablar abiertamente de estos temas. El negar la existencia de un problema no le
brinda solución. Asume tu compromiso. Un amigo ha definido el tiempo presente
como la hora del testimonio. Esa es tu función. Dar testimonio donde te toque
estar. Con tus superiores y tus subalternos… también con tus pares. No dejes
pasar un solo día sin recordar a los camaradas presos. Sin hablar de ellos. Sin
pedir a tus superiores aclaraciones al respecto. El general que exigía silencio
en estos tópicos ya no está en la institución… pero tu continúas. Los errores
cometidos por esta superioridad serán heredados por tu generación en un futuro
cada vez más cercano.
Finalmente, si está a tu alcance… no dejes de visitar a los camaradas en
desgracia. Algunos están en el Penal Militar de Campo de Mayo, otros en el Penal
de Marcos Paz, los menos, en unidades militares. No necesitas permiso para ello.
Nadie te puede negar ese derecho. Ellos lo necesitan… tu sabes que no son
delincuentes. El enemigo cuenta con tu “excesiva” prudencia para quebrar su
voluntad. No los dejes solos… Ellos estarán bien si saben que cuentan con tu
apoyo, con tu afecto, con tu reconocimiento. El enemigo disfruta de tu
indiferencia. No les des el gusto a los viejos terroristas disfrazados de
adalides de los derechos humanos. Piensa y actúa como soldado… como lo que eres…
sabiendo que nunca se puede dejar abandonado a un camarada en campo del enemigo.
Tu testimonio es importante… y aunque inicialmente les moleste… en algún
momento, hasta quienes hoy insisten con tu silencio te lo agradecerán.
Mientras tanto, los detenidos siguen esperando poder decir estas palabras:
Gracias… jefe… yo sabía que usted no me dejaría abandonado. Y tal vez, como el
teniente de nuestro relato, los jefes necesitan de varios subalternos que les
recuerden el valor de la palabra empeñada. Y a mi humilde entender, esa es tu
responsabilidad en la hora presente.
Mayor R EA Pedro Rafael Mercado
DNI: 18046597
email:
pedrorafaelmercado@yahoo.com.ar
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